Cuando la salud se convierte en un negocio

Cuando la salud se convierte en simple negocio del que se pretende sacar la mejor rentabilidad, suceden cosas difíciles de comprender desde el punto de vista humano, como lo que a menudo sucede con el servicio de ambulancia.

Cuando sucede un accidente de tránsito, generalmente acuden varia ambulancias al sitio para trasladar a los heridos, y  no a la clínica más cercana, sino a la clínica a la que pertenece la ambulancia que ganó la competencia en llegar al sitio del accidente, así quede muy lejos del accidente. Este simple hecho es ya reprochable y no ha sido posible que el estado ponga orden.

Pero hay una práctica más aberrante aún. Cuando se reporta un accidente que no es tránsito o que se trata de alguna persona que sufre alguna crisis de salud, es casi imposible conseguir que una ambulancia aparezca. En este caso, contrario a los accidentes de tránsito que llegan variar ambulancias al sitio, no llega ninguna, o si llega eventualmente, lo hace varias horas después.

Esto se debe a que cuando se trata de un accidente de tránsito, las ambulancias tienen asegurado sus ingresos, ya que el servicio lo paga el SOAT, o lo paga el estado.

No sucede lo mismo cuando el herido o el enfermo nada tienen que ver con un accidente de trabajo, y en muchos casos ni siquiera tiene seguro de salud, ni contributivo ni subsidiado. En esas circunstancias, los empresarios de la salud consideran que es un negocio muy arriesgado trasladar heridos sin tener la certeza sobre el cobro del servicio, así que deciden “no medírseles al negocio” y por supuesto no acuden al llamado de emergencia.

Es que en los negocios nada se puede arriesgar. Y nuestro sistema de salud es un gran negocio. No en vano el nuevo ministro de salud es un economista. Los médicos no saben de dinero,  sólo saben salvar vidas y muchas veces eso no es un buen negocio.

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