De la era posindustrial a la era de la sobrevivencia

La era posindustrial se caracteriza porque la economía está basada en los servicios y no en la producción y agregación de valor a las materias primas como en la era industrial, servicios que están altamente especializados y la mano de obra se caracteriza por tener títulos que requirieron hasta 30 años de estudios constante y permanente y sus capacidades son netamente intelectuales.

Supongamos que sucede una gran crisis mundial de cualquier tipo con la que desaparece esa economía de servicios y de información y sólo queda la economía de sobrevivencia como en la era preindustrial, donde  lo intelectual y los MBA y demás títulos suntuosos propios de especuladores financieros sofisticados y refinados ya no se requieren.

Resulta que hay una novela (Guerra Mundial Z, que recomendamos leer) que se basa en ese hipotético escenario y en uno de sus párrafos se lee lo siguiente:

“¿Herramientas y talento?

Son términos que mi hijo escuchó alguna vez en una película. Descubrí que eran muy apropiados para describir nuestros esfuerzos para la reconstrucción. “Talento” quiere decir el potencial de la fuerza de trabajo, su habilidad para las labores, y cómo esa labor puede ser usada de manera efectiva. Para decirlo de buena manera, nuestra disponibilidad de talento era críticamente baja. La nuestra era una economía post-industrial basada en servicios, tan compleja y tan especializada, que cada individuo sólo era capaz de funcionar apropiadamente dentro de los límites de su pequeño cubículo. Ojalá hubiera visto algunas de las “carreras” inscritas en nuestro primer censo de empleos; todo el mundo era alguna clase de “ejecutivo,” o “representante,” puros “analistas,” o “consultores,” todos perfectamente acondicionados para el mundo de la preguerra, pero completamente inadecuados para la crisis actual. Necesitábamos carpinteros, albañiles, operarios industriales, fabricantes de armas. Claro, teníamos muchos de esos, pero no eran ni una fracción de los que necesitábamos. Nuestro primer censo nos mostró claramente que más del 65% de la fuerza de trabajo civil se clasificaba como F-6, es decir, que no poseían ninguna vocación útil. Necesitábamos un programa masivo de reentrenamiento. En pocas palabras, necesitábamos ensuciar un montón de cuellos blancos.

(…)

Sí, había racismo, pero también mucho clasismo. Imagínese que usted es un abogado de una inmensa compañía. Usted se ha pasado la vida entera revisando contratos, negociando acuerdos, hablando por teléfono. Usted es bueno en eso, y eso es lo que lo ha hecho rico y le ha permitido contratar a un plomero para que le desatasque el inodoro, y así usted puede seguir hablando por teléfono. Entre más trabaja, más dinero gana, y puede contratar a más peones para tener más tiempo libre y así seguir ganando dinero. Así es como funciona su mundo. Pero llega un día en que ya no más. De pronto ya nadie necesita revisar contratos, ni negociar acuerdos. Lo que se necesita son inodoros que funcionen, y de pronto ese peón se ha convertido en su maestro, o quizá hasta en su jefe. Para algunas personas, eso era más aterrador que los muertos vivientes.”

Lo anterior de alguna manera refleja lo que sucede en economías como en EEUU donde se ha ido dando un proceso de desindustrialización en favor de los países asiáticos como China, y en su lugar se ha potenciado la economía de servicios y de información, done las universidades se han olvidado de los ingenieros industriales, civiles, mecánicos y demás que requiere una economía basa en construir cosas, y en su lugar han optado por ofrecer programas académicos dirigidos exclusivamente para analizar números y  gráficos detrás de un escritorio, programas que sacan a la calle decenas de miles de profesionales incapaces de cambiar un bombillo de su propia casa, y mucho menos serán capaces de sobrevivir en una sociedad que vuelva  a sus inicios, donde lo que primará será la habilidad técnica y manual para crear herramientas de sobrevivencia diaria y cotidiana.

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