La empresa, un lugar donde podemos ser felices si queremos y nos lo permiten

La empresa es el escenario en donde el trabajador vive la mayor parte de su vida. Su permanente convivencia con  jefes y compañeros de trabajo hace que se generen entre sí vigorosos vínculos de amistad y solidaridad, y no pocas veces sentimientos aún más profundos. Así las cosas, la empresa es sitio de encuentros, de preocupaciones compartidas, de secretos confiados y de complicidades consentidas.  En la empresa a veces se encuentra el amigo que estábamos buscando, y no falta quien allí también encuentre la persona con quien habrá de continuar su viaje hacia la vejez y posiblemente hasta la muerte. Y lo más importante, en la empresa nos realizamos como individuos, allí aprendemos y enseñamos, sufrimos y gozamos, en fin, allí ejecutamos la mayor parte del libreto que el destino nos trazó.

Nuestra permanencia en la empresa coincide generalmente con la mejor época de nuestra existencia: la rumba de los viernes, el futbol del domingo, el matrimonio, la llegada de los hijos, la compra del primer carro casi siempre de segunda, el apartamento, el colegio de los hijos, nuestro regreso a la universidad en pos de la especialización, en una palabra: la época de las audacias, de los sueños  y de las realizaciones.

Y así transcurre la vida del trabajador: él y la empresa, la empresa y la casa, la empresa y la calle, … ¡Siempre la empresa!

Y si esa es la empresa, no hay razón para que desde arriba o desde abajo nos la quieran hacer ver y sentir de manera diferente. El tiempo ha pasado, las cosas han cambiado, la empresa de hoy no es la empresa de la revolución industrial, para las nuevas generaciones el concepto de autoridad admite otras dimensiones. Y en ese orden el reglamento interno de trabajo no puede ser un código de policía ni un estatuto de represión, sino un manual de convivencia. El reloj y la hora de llegada, la tarjeta por marcar, el minuto de retardo, el supervisor de personal en su rol de policía, la llamada de atención, y la anotación en la hoja de vida por faltas irrelevantes, son petardos que atentan contra el clima laboral y bloquean el sentido de pertenencia del  trabajador respecto de la empresa.

“El que trabaja no es el tiempo sino el trabajador”,  eso lo he escuchado toda la vida. Y hablando desde mi experiencia personal,  tengo para decir que durante mi vida laboral fui subalterno y fui jefe. Y desde ambas condiciones pude comprobar que eso es cierto. Vi trabajadores que llegaban temprano, puntuales, casi al estilo inglés, pero su rendimiento dejaba mucho qué desear, no aportaban nada, su preocupación no era el trabajo sino el  reloj,  la hora de entrada y hora de salida.   También observé trabajadores que llegaban tarde, corriendo, despelucados, con la corbata en el hombro, con el maquillaje incompleto o estropeado, pero su puesto de trabajo siempre estaba al día, en los comités eran los que se destacaban, los que aportaban ideas, y  generalmente eran los últimos que salían, abandonaban la empresa tarde, cuando ya en las calles el transporte público escaseaba. Como es obvio siempre preferí a estos últimos, sus llegadas tarde no me importaban pues con su eficiencia e inteligencia  me bastaba.

Siempre me han parecido despreciables las ataduras, las camisas de fuerza, la obediencia a las malas, los criterios impuestos, el yo mando y tú obedeces; por eso jamás quise ser militar, ni policía ni cura. Tampoco quería ser empleado, me parecía que la condición de subordinado no me dejaría ser libre. Sin embargo, la vida me puso en ese camino, y contrario a lo que pensaba, en la empresa me sentí libre, no porque hubiera depuesto mis ímpetus, sino porque ella me permitió entender que se puede ser libre aún en medio de restricciones, de controles rigurosos y de reglamentos exigentes, con tal de que éstos no sean estúpidos ni  caprichosos.

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