La evasión de impuestos en Colombia como una representación de nuestra picaresca

Se puede decir que la evasión de impuestos en Colombia no sólo obedece al mal uso que los políticos hacen de nuestros recursos, ni el exceso de la carga tributaria que soportamos, ni el engorroso procedimiento tributario, sino también a esa “picaresca” que caracteriza a la sociedad colombiana.

Se ha utilizado el término picaresca por no utilizar el término pícaro en el título, puesto que la picaresca, género literario originario de nuestra madre patria, la madre de los pícaros, representa precisamente a un personaje pícaro, y su peor legado, quizás, es que alguna forma  lo romantizó, creando algunas consecuencias que hoy las sufrimos en nuestra sociedad.

En Colombia hay pícaros por todas partes, parece ya un rasgo cultural que nos caracteriza. En Colombia parece que no importa ser picarlo, listo o ladrón. Quien se salta una fila se siente orgulloso en lugar de sentir vergüenza. Quien no devuelve el cambio de más que le ha dado un cajero saca pecho por considerarse alguien muy vivo (ese man un abeja, dicen por ahí). Igual se siente quien con trampas,  mentirías  y documentación falsa accede a un beneficio estatal como familias en acción, sisben, etc. (Es seguro que estos no son listos ni vivos; son pícaros, listo es quien alcanza grandes logros empresariales, profesionales, académicos, etc.).

Aquí el último es un bobo y así lo acepta la sociedad, y esto también aplica para los impuestos. El mejor asesor tributario es el que logra la mayor evasión, no la mejor planeación tributaria. Quien paga lo justo en impuestos es un tonto y carece de los elementos necesarios para ser un gran empresario, y por supuesto no merece serlo, y en efecto no lo será.

Hacer trampa es algo que está muy arraigado en nuestra sociedad, y quien la hace ni si quiera se siente culpable. Cuando lo “pillan” se siente ofendido, no comprende ni acepta que estaba haciendo algo indebido. Se siente víctima del sistema como si fuera un derecho hacer trampa.

Para corregir esta situación se requiere más que leyes, puesto que leyes hay suficientes, pero el problema es el mismo, quien las aplica es también pícaro, como pícaro es quien las promulga. El problema pues, es  que somos pícaros, y eso es lo que hay que corregir.

En consecuencia, la corrección comienza con educación, ejemplo y buena aplicación de la ley. No vale que el gobierno haga una campaña promoviendo la honestidad, la ética y la moral cuando el político que está al frente es un ladrón. El efecto es contrario, porque en el fondo lo que la gente percibe es que ser pícaro sí paga.

Se precisa de una refundación de la sociedad, de sus valores, de sus principios y de sus propósitos. El problema aquí es cómo hacerlo.

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