La tal pobreza no existe

Para el presidente de la república la tal pobreza no existe según se evidencia  de los datos que ha venido presentando desde su reciente lanzamiento de la campaña a la reelección.

Escuchar los datos que pronuncia causa escepticismo por lo optimistas que son, tanto que parece caer en la exageración y hace evidente su demagogia.

Por ejemplo, afirmar que Colombia es el país latinoamericano que más ha generado empleo, superando a economías sólidas como Chile, hace recordar cuando siendo ministro de hacienda  Juan Carlos Echeverry sin rubor afirmó que el PIB de Colombia superaría  al de Argentina al finalizar su estancia en el ministerio. Una mentira descarada, tan descarada que terminó afectando sus aspiraciones de ser presidente para  el hemisferio occidental del FMI  según se rumoró en su momento, puesto que tal declaración era irresponsable, fuera de lugar y dejaba en duda la credibilidad, profesionalidad e idoneidad del señor Echeverry.

El gobierno, con el DANE y los medios de comunicación a su servicio, presenta unas estadísticas y unos indicadores de mejoramiento en todos los aspectos que nos hace cuestionar si estamos leyendo una radiografía de Colombia o de algún país europeo.

Mientas el presidente pronuncia discursos optimistas y triunfantes referentes a su gestión, millones de personas están sin empleo, o se rebuscan vendiendo cualquier cosa en la calle, o atracando o traficando con droga. Ese mejoramiento de que habla el presidente  a todas luces no se palpa en la calle, ni mucho menos en los hospitales, en las vías, en las universidades, etc.

Esa demagogia propia de un politiquero es tan evidente que choca cuando se confrontan con la realidad, y la intencionalidad del discurso vació y mentiroso se hace patente cuando por ejemplo en un proceso de negociación en La Habana se compromete a realizar un reforma agraria estructural  para solucionar los problemas de fondo de los campesinos al tiempo que nombra en el ministerio de agricultura y en el Inconder a personajes extraídos de las grandes multinacionales para fijar políticas y diseñar leyes para conseguir exactamente lo contrario a  lo acordado en La Habana. El doble discurso es increíblemente descarado, no se preocupa por guardar las apariencias en absoluto.

Es abrumadora la capacidad que tiene el gobierno para decir una cosa y hacer otra. Para hoy decir sí y mañana no, o lo contrario, y luego no tiene reparos en salir por televisión asegurando que el blanco no es negro, y que el cielo no es arriba sino abajo.

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