Memorias de la factura electrónica. Contextualización General

En la consulta profesional como en los distintos espacios de intercambio de opinión encontramos aún, más que cierta, amplia  reticencia a la implementación de esta forma de facturación, ya que los espectros de siempre, frente a las complejas e incomprendidas variaciones de la Ley 1231 de 2008 en cuanto a la emisión, recepción, aceptación, rechazo, y pago judicial forzado, acompañan con sobrada razón al desazón sobre el particular en especial para aquellos pequeños proveedores que viven del día a día y luego de inusitados endeudamientos, encomendaciones a cuanta imagen divina y humana es fe de sus creencias o favores políticos, así como del sometimiento a cuanto riquiñeque corporativo les atraviesan, logran por fin el código de ingreso a las grandes superficies o multinacionales de servicios de distintos órdenes, todo para enfrentar ahora el desafío de continuar o desaparecer: cualquier proveeduría deberá facturarse electrónicamente, y entonces las inquietudes comprimen el estómago: y si me la rechazan, o, si no me la pagan…? Siendo estos dolores, en los que nos concentraremos en las siguientes entregas.

Al efecto, sea del caso reseñar que elementalmente, la factura electrónica no es cosa diferente a la “…representación digital de la factura física documental…”, unificada equívocamente o no, por la Ley 1231 de 2008 y sus decretos reglamentarios, asi como por la Ley 1676 de 2013, que utiliza los parámetros definidos por  la Ley 527 de 1999 mejor ignorada como Ley de Comercio Electrónico,  el Decreto 1929 de 2007 Reglamentario del Numeral 1º del Artículo 616 del Estatuto Tributario, y la Resolución DIAN 14465 de Noviembre 2007.

Entonces, partiendo de la base que, afortunadamente aun no es obligatoria la implementación de la Factura Electrónica, haremos un obligado paréntesis de ambientación histórica, si es que así lo podríamos llamar.

Hasta el 17 de julio de 2008, teníamos en el ambiente comercial una serie de facturas claramente regladas durante más de 35 años en el Código de Comercio con todas sus bondades al tiempo que mayores vicisitudes, y otras que se asimilaban por cuenta de las dispersas regulaciones tributarias; la Factura Cambiaria de Compraventa y la Factura Cambiaria de Transporte, junto con la Factura de Servicios, y la Factura de Mostrador, a la que se sumaba la entonces naciente Factura Electrónica, con lo que nos comenzábamos a hacer a la idea que no había quinto malo en esta baraja de facturas, aspecto que cambió de tajo  tres meses después, con la entrada en vigencia la Ley 1231 de 2008, en la cual, por virtud de su Artículo 1º, ahora simplemente se denominarían, cualquiera que ellas fuese, por cuenta del principio de unificación, “Factura de Venta”, a manera de corresponsalía con el mismo nombre que desde siempre se le había dado a las facturas que se expiden con fines fiscales, tal lo indica el Artículo 617 del Estatuto Tributario.

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