Monetización de la deuda pública

Supongamos que un país pide dinero prestado a un banco, sobre la base del dinero que espera recaudar en el año en curso. El país pide el préstamo y se dice que ha contraído una deuda. Esta es la deuda pública.  Tarde o temprano, la deuda debe ser amortizada, de modo que el estado, si no recauda lo suficiente o agranda su deuda, intenta financiarla. Una manera de hacerlo es monetizar la deuda pública. Básicamente, consiste en que los bancos centrales (la Reserva Federal, en Estados Unidos, y el Banco Central Europeo, en Europa) prestan dinero a los gobiernos para hacer frente a su deuda.

Aunque tradicionalmente la monetización de deuda se hacía de forma directa: el banco central compra la deuda del estado en el mercado primario, es decir, el préstamo pasa del banco central al estado. En la actualidad esta forma de llevar a cabo este proceso no está permitida en la mayor parte del mundo occidental. Hoy en día la monetización de la deuda se lleva a cabo de forma indirecta, esto es, el banco central de turno compra deuda en el mercado secundario a un banco privado que fue con el que el gobierno de turno había contraído la deuda.

Lo que la monetización de la deuda implica, hablando en román paladino, es que el banco central crea más dinero que antes no había. Lo puede hacer imprimiendo más billetes o bien creando un depósito a favor de la entidad a la que le ha comprado la deuda, sea un estado en el mercado primario, sea un banco privado en el mercado secundario.

La monetización de deuda pública es un arma de doble filo. En efecto, en épocas de crisis en las que aumenta el desempleo y los ingresos de las familias disminuyen, mantener la actividad del sector público es crucial para que la economía no se hunda. Por ello, los estados han de tener capacidad para mantener el gasto público e, incluso, aumentarlo. A esto les ayuda la monetización de la deuda pública. Ahora bien, mantener este tipo de políticas monetarias durante un tiempo prolongado puede generar importantes problemas de inflación. El aumento de la moneda provoca, en el mercado interior, una subida de los precios y, en el mercado exterior, hace que la divisa pierda valor, de modo que será inútil para las transacciones en el extranjero. Nadie quiere cobrar en una moneda devaluada y todo el que la tiene se quiere deshacer de ella.

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