Que los testigos coincidan en sus dichos es deseable e ideal pero no absolutamente necesario para que el juzgador pueda figurarse y recrear una realidad

Según la Sala de Casación Civil, exigir esa rotunda congruencia puede incluso resultar contraproducente, porque fuerza a presentar versiones precisas en detrimento de la espontaneidad propia de quien narra situaciones pasadas. De ahí que sea suficiente con que luzcan armónicos.

Con frecuencia casi diaria los jueces se ven ubicados en situaciones bastante complejas al momento de evaluar los testimonios recaudados en los procesos, pues en la mayoría de las veces, por no decir en todas, las declaraciones de los testigos presentan contradicciones, imprecisiones, vacíos o incongruencias, no solamente entre sus propias afirmaciones, sino también con respecto a las de los demás declarantes.

Y es que la prueba testimonial es, sin lugar a dudas, la más frágil y flexible de todas las pruebas. El testigo ve en la escena los detalles que más le interesan, los que más le llaman la atención, y así desatiende aspectos que le parecen triviales pero que a la hora de la verdad pueden ser los más importantes y trascendentales; el registro de los hechos se hace a través de los sentidos y pasa a la memoria, pero los sentidos son limitados y la memoria no siempre nos es fiel. El testigo, como entidad humana que es,  tiene sentimientos, pasiones, e intereses, y todos esos elementos se reflejan de una u otra manera en su  versión de los hechos.  El testigo sólo dispone de una perspectiva particular, su punto de vista,  y por ello es de entender que sólo devele esa faceta, y no dé una razón íntegra de los aspectos que interesan al proceso.

Partiendo de esa realidad, de la cual es plenamente consciente el juez, debe éste ir figurándose y recreando la realidad procesal, llegando incluso a descartar ciertos elementos que razonablemente no encajen en ella.

De esa manera, si luego de realizado el ejercicio valorativo de los testimonios el juez encuentra que  entre ellos no existe una congruencia plena, esa circunstancia no lo puede llevar a desecharlos o a quitarles el valor probatorio que les corresponde, porque en su ejercicio más que esperar congruencia absoluta se  trataba de establecer si entre los mismos había la necesaria coherencia y armonía.

Un ejemplo de lo anterior podría ser el siguiente caso:

Una mujer divorciada que convivía con un hombre también divorciado, demandó que se declarara por parte de la justicia que entre ella y su difunto compañero conformaron una unión marital de hecho y la correspondiente sociedad patrimonial entre compañeros permanentes, la primera desde el 4 de enero de 2004 y la segunda a partir del 6 de junio de 2006, y ambas hasta el 13 de enero de 2009. Y consecuente con lo anterior, reclamó la respectiva adjudicación y liquidación de bienes.

Explica la demandante, que el 4 de enero de 2004 ella y el finado se fueron a vivir juntos, o sea, como marido y mujer. Que el 5 de junio de 2006 ella se divorció de su anterior marido, razón por la cual el 6 de junio de ese año nació la susodicha sociedad patrimonial entre compañeros permanentes. Que entre ella y su compañero no procrearon hijos y que el fallecimiento de éste se produjo luego de 4 años de convivencia.

La única hija del causante, fruto de su matrimonio, obrando en su condición de demandada se opuso a las pretensiones de la demanda aduciendo que entre su padre y la actora no había existido ninguna relación marital y que el acercamiento que hubo entre ellos fue de simple amistad pues habían sido compañeros de trabajo.

En sus declaraciones los testigos incurrieron en algunas imprecisiones e incongruencias sobre la fecha a partir de la cual la pareja supuestamente empezó su relación marital, e incluso alguno dijo no constarle dicha convivencia. Así mismo, se arrimaron al proceso algunos documentos en los cuales se consignaban las respuestas que daba la demandante durante el tiempo que afirma que convivía con el finado, a la pregunta que se le hacía sobre su estado civil, pues en los primeros decía que era soltera,  y sólo al final, cuando ya el causante estaba para morir, ella empezó a responder  que vivía en unión libre. Existe un registro de que a la misma pregunta el supuesto marido contestó diciendo que era soltero. Por otra parte la actora en su declaración inicialmente dijo que ella no se quería casar con su compañero (y se refería a él como “don Néstor”),  y sin embargo al final de la misma señaló que se iban a casar y a adoptar un hijo.

Las anteriores inconsistencias fueron puestas de presente por la hija del causante (demandada en el proceso) quien se oponía a que la supuesta compañera de su padre participara de los bienes dejados por él.

Pues bien, en la primera instancia el juez negó las pretensiones de la demanda. La demandante apeló y el Tribunal revocó y le dio viabilidad  a las peticiones de la actora. El asunto subió a la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia y ésta se negó a casar la sentencia del Tribunal, o sea que las pretensiones de la compañera salieron avante, y la demandada fue condenada en costas.

Consideró la Sala, entre otras cosas, que la respuesta que daba la demandante y el finado de que eran solteros, obedecía a que no sabían exactamente cuál era legalmente su estado civil, o sea que desconocían si era el de divorciados, solteros o unión libre.

Así mismo señaló la Sala:

La coherencia y completitud de los testimonios, es decir, que coincidan enteramente, sin contradicción intrínseca o extrínseca alguna, y dando plena cuenta de todos los detalles que interesan al proceso y/o por los que las partes y el juez inquieran, es un ideal al que naturalmente se debe orientar el recaudo de los medios de persuasión, pero que habitualmente no se alcanza, por las vicisitudes y limitaciones propias de la prueba, sobre lo que la doctrina y la jurisprudencia se han ocupado ampliamente.

Entonces, si bien es deseable que encajen interna y externamente, ello no puede exigirse en términos matemáticos, sino de armonía, es decir, la “[c]onveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras” (RAE), de tal forma que permitan al fallador figurarse y recrear una realidad, incluso descartando ciertos elementos que razonablemente no cuadren en ella.

La exigencia a rajatabla de una completa congruencia puede ser contraproducente, en cuanto invita a presentar y avalar versiones rigurosamente precisas, en menoscabo de la espontaneidad propia de quien narra situaciones pasadas.”

Quien desee conocer más detalles del caso, puede consultar la sentencia SC 108092015 del 13 de agosto de 2015, Sala de Casación Civil C.S. de J.

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