¿Qué se debe hacer para evitar que a una relación laboral le siga un proceso judicial?

Se esperan respuestas que vayan más allá de lo obvio.

A raíz de un comentario escrito recientemente  por uno de los editores de gerencie.com, se suscitó una breve discusión entre tres lectores sobre las razones por las cuales frecuentemente a una relación laboral le sigue un proceso judicial, o dicho de otra manera, sobre el porqué  los trabajadores demandan a sus empleadores.

El debate comenzó cuando uno de los visitantes planteó la tesis de que el problema se debía a que los empleadores en lugar de asesorase de profesionales idóneos,  preferían seguir los consejos de personas desconocedoras del tema laboral, lo cual muchas veces los llevaba a cometer errores que al final les resultaban altamente costosos no solo desde el punto de vista económico, sino también en términos de tranquilidad  emocional, esto último dado el alto estrés que genera para las partes, y especialmente para el demandado, el tener que afrontar un proceso judicial.

Seguidamente otro lector anotó que la causa del problema radicaba en la mala fe. Textualmente dijo: Lo que se necesita es BUENA FE y punto!!  Como el lector no especificó si se refería a buena fe del empleador o del trabajador, es forzoso entender que lo decía respecto de ambas partes.

Finalmente intervino una abogada quien señaló: “Discrepo, usted contrata de buena fe y después lo demandan, lo mejor es hacer todo como lo estipula la ley y mejor aún todo por escrito” 

De lo anotado por la colega subrayo su dicho de que el empleador contrata de buena fe y que luego el trabajador lo demanda.  Lo demás, es decir, eso de que: “lo mejor es hacer todo como lo estipula la ley y preferiblemente por escrito,  lo descarto por ser demasiado obvio.  Como es fácil advertir, la abogada se duele únicamente de la mala fe de los trabajadores.

Pues bien, desarrollado el ejercicio en esos términos cabría  preguntar de parte de quién está la razón.

En mi opinión  todos tienen razón, pero ninguno la tiene completa.

Es cierto que el no contar con una asesoría calificada y oportuna puede llevar al empleador a cometer errores que den lugar a demandas en su contra. Es cierto que si el empleador obra de buena fe es muy probable  que no lo demanden. Y es cierto también que si el trabajador obra de buena fe no demandará a su empleador  si no tiene razones válidas para llevarlo ante el juez.

Ahora bien, la necesidad de contar con una buena asesoría profesional  no sólo se predica respecto del empleador, sino también del trabajador, pues si éste no dispone de  esa ayuda puede incurrir en equivocaciones que más adelante lamentará.

Pero también se requiere que quien preste dicha asesoría, vale decir el abogado o el contador, obre de buena fe, con ética y lealtad.  No han sido pocas las veces que me  he negado a adelantar un proceso por considerar que la causa no tiene ninguna posibilidad de éxito  y luego me entero de que otro abogado tomó el negocio. Por simple curiosidad les he seguido la pista a algunos de esos procesos y el resultado termina siendo el que me había imaginado: la pérdida del proceso para el trabajador. En esos casos me pregunto sobre los motivos que tuvo el abogado para hacerse cargo de un pleito que de antemano se advertía que no tenía ninguna posibilidad de éxito. La explicación no es difícil de encontrar: el recibir del cliente de  manera inmediata unos pesos. Pero esa práctica es diabólica,  porque si bien es cierto al comienzo el profesional recibe un lucro, esa pequeña ventaja no compensa el desprestigio que le sigue a su derrota en los estrados judiciales. Desde luego que no siempre al abogado que pierde un pleito le sobreviene desprestigio. En todo proceso, a menos que se concilie, siempre hay un ganador y un perdedor, y no siempre el abogado que gana es mejor abogado que el que pierde. La suerte de los procesos no está ligada en todos los casos a las capacidades del abogado. Así por ejemplo si el empleador no le cancela al trabajador los salarios y las prestaciones sociales y además de eso lo despide sin justa causa, las posibilidades de que el abogado de ese empleador (así se trate de un excelente profesional) pierda el pleito son casi todas, y lo que le falta al “casi” para ser “todas” descansa en la probabilidad de que opere la prescripción, una nulidad, en fin, acontecimientos remotos.  O sea, que no es la pérdida del pleito lo que genera para el abogado su desprestigio, el desprestigio lo genera la mediocridad, la  desvergüenza, la indelicadeza, el obrar de mala fe, y un poco o mucho de todo eso subyace en el abogado que recibe un pleito a sabiendas de que el mismo está irremediablemente condenado al fracaso.

Retomando el hilo y a manera de colofón podría decirse entonces que se necesita de ambas cosas: asesoría profesional idónea y buena fe.  Asesoría calificada para el empleador y para del trabajador, y buena fe de parte de todos: del patrono, del asalariado y de los asesores. Si el empleador está bien asesorado y obra de buena fe le pagará al trabajador todos sus derechos de conformidad con la ley. Si el trabajador está bien asistido y obra de buena fe, no acudirá a la justicia con pretensiones infundadas. Y si los asesores tienen los conocimientos suficientes y entienden que antes de defender a su cliente su obligación es defender la Justicia, no inducirán a sus consultantes a hacer lo que la ley, la ética, y la decencia reprochan.

Aquí termina mi comentario, pero obviamente el tema no queda agotado.

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