Servicio doméstico – Ayer, hoy y mañana

“Maruja no tenía edad. De sus años de antes, nada contaba. De sus años de después, nada esperaba. No era linda, ni fea, ni más o menos.

Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la escoba, o el cucharón. Despierta, hundía la cabeza entre los hombros. Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas. Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas. Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria. Nunca había salido de la ciudad de Lima. Mucho trajinó, de casa en casa, y en  ninguna se hallaba. Por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona.

A los pocos días, se fue…, se estaba encariñando.”  (Eduardo Galeano).

Costará mucho tiempo y esfuerzo “formatear  el disco duro” de buena parte de los colombianos  para que se les borre de la cabeza el concepto equivocado que tienen del servicio doméstico y lo reemplacen por uno moderno, más ajustado a la realidad actual. Porque al igual que ocurre con el racismo, el paso del tiempo, con todo y sus inexorables efectos, ha sido incapaz de remover esos lastres de discriminación y maltrato que nos mantienen atados a un pasado de vergüenza e infamias. Y si bien es cierto algo se ha avanzado en esa dirección, todavía nos falta mucho camino por recorrer.

Y es que por tratarse de una comunidad integrada básicamente por personas extraídas de los sectores sociales más deprimidos económicamente,  que no tiene quien la represente en los centros del poder, la lucha de los trabajadores domésticos por conquistar el espacio que les  corresponde en el terreno laboral,  ha sido desarticulada y difícil. Es el mismo camino que recorrieron otrora los obreros del mundo, pero con una gran diferencia: que éstos, gracias a su concentración en los espacios físicos de las fábricas, descubrieron que la fuerza de su lucha radicaba en la cohesión, y por ello decidieron agruparse y librarla sumando sus fuerzas.

Ahora bien, con el fin de ponerle freno a la arbitrariedad que trajo consigo el liberalismo económico (Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même, que quiere decir: “dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo”), que abogada por una completa libertad en la economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre mercado laboral y mínima intervención del gobierno en esos asuntos),  el Estado tuvo que intervenir con el fin de asegurar la supervivencia y el respeto a la dignidad del trabajador, y en ese propósito el legislador se vio obligado por las circunstancias a trazar una línea horizontal que señala el lindero entre dos universos: arriba,  el de la legalidad, la justicia y lo permitido, y debajo de esa línea el de la ilegalidad, la arbitrariedad, y lo prohibido.

De esa línea hacia arriba se despliega un  haz de niveles a los cuales van accediendo los trabajadores según sus capacidades, méritos, inteligencia, etc. En los primeros niveles de esta franja se ubican los trabajadores en cuyas labores predomina el elemento material sobre el intelectual, y a medida que se asciende en la escala el componente material le va cediendo su espacio al intelectual. El monto del salario del trabajador se mueve, o por lo menos se espera que se mueva, en la misma dirección y al mismo ritmo.

De esa línea hacia abajo, considera el legislador que la supervivencia del trabajador y de su grupo familiar estaría amenazada. Ningún trabajador debe estar en ese escenario porque allí las condiciones le son totalmente desfavorables. Y ahí, en esa línea divisoria, está ubicado el mínimo vital.

No obstante, en medio de la indiferencia del Estado, la ambición y el egoísmo de algunos empleadores los llevan a empujar a sus trabajadores hacia esas profundidades. Y lo peor de todo es que ese desventurado submundo está superpoblado. Allí la miseria, la exclusión y el abuso van de la mano, y las principales víctimas son  los niños, los  jóvenes, y las mujeres. De ese mundo excluido, provienen, en su gran mayoría, los hombres y mujeres que surten el mercado laboral doméstico.

Y es que desde un comienzo la sociedad relegó el trabajo doméstico a ese submundo. Salido de la esclavitud, al trabajo doméstico le ha  costado mucho desprenderse de tantos estigmas.  Aun así, es preciso reconocerlo, ha habido avances en algunos aspectos. El primer paso fue ganar un espacio de libertad: de la criada interna que laboraba todo el día y que en la noche tenía que estar disponible para lo que se ofreciera, se pasó a la empleada que pernocta en su propio hogar, con su pareja y sus hijos, que llega a las 7:00 u 8:00 de la mañana y se va a las 3:00 o 4:00 de la tarde. Dicho en términos sociológicos, en ese momento histórico ella dejó el encierro y conquistó la calle, que es símbolo de libertad. El paso siguiente fue ganar visibilidad en el ámbito jurídico: de la muchacha que inicialmente trabajaba sin derecho a salario, porque su llegada a los hogares era a aprender las labores de cocina, lavado y planchado de ropa, etc., y cuya única retribución era la alimentación y el alojamiento (ubicado generalmente en la parte de atrás de la casa, junto a la cocina), se pasó gradualmente y de manera lenta a una empleada con derecho a salario igual o superior al mínimo legal, cesantías, intereses sobre éstas, auxilio de transporte,  vestido y calzado de labor, jornada de trabajo limitada a 8 horas diarias, descanso en domingos y festivos, vacaciones, derecho a la seguridad social, en fin, todos los derechos que devengan los demás trabajadores, pero con una excepción:  sin derecho a prima de servicios.

Aquí es preciso anotar, que la mayoría de esos beneficios los han obtenido los trabajadores domésticos, no porque el Congreso o el Gobierno se los haya otorgado expresamente, sino que han sido obra de la jurisprudencial, sobre todo de la Corte Constitucional  que ha declarado inconstitucionales e inexequibles algunas de las normas que excluían a dichos trabajadores de tales beneficios. También ha contribuido mucho en ese sentido la labor de algunas organizaciones internacionales, como la OIT,  cuyos Convenios (189 por ejemplo) hacen parte del bloque de Constitucionalidad, y como tal obligan su obedecimiento.  Además, la doméstica de hoy ha empezado a prepararse y eso le ha permitido conocer y entender que su destino actual no es inexorable, y que debe luchar por cambiarlo.

Sin embargo y a pesar de todo eso,  en muchos casos esos avances y conquistas sólo existen en el papel, en el frío y árido texto de la ley o de las sentencias, porque el oficio doméstico sigue cargando los fardos de la exclusión, la desprotección y  la subvaloración.  Bastaría con acudir a las estadísticas para  comprobar cuántos empleados domésticos existen en el país, y cuántos de ellos están afiliados por su empleador a la seguridad social, cuántos devengan el salario mínimo, cuántos han logrado pensionarse y cuantos agotaron su vida criando y consintiendo hijos ajenos mientras los suyos quedaban en sus ranchos pasando  necesidades y expuestos a todos los peligros.

Todos sabemos lo difíciles y agotadoras que son las labores domésticas: cocinar, lavar ropas, plancharlas, barrer, sacudir, encerar pisos, cuidar niños, atender enfermos, lidiar con viejos,  lavar baños y remover de allí las inmundicias, etc. Y todos somos conscientes de que esos quehaceres nos corresponden a nosotros, pues  es nuestra casa, nuestra ropa, nuestra comida, nuestra basura, nuestros niños, etc.,  pero…preferimos que otros los hagan por nosotros.

Entonces, como no somos capaces de hacer esas labores, por pereza, por falta de tiempo,  o por lo que sea, tenemos que pagar a quienes las realizan, y ese trabajo vale, no sólo porque es un trabajo duro y fatigante, sino también porque hoy en día muy pocas personas están dispuestas a hacerlo.

Y como yo soy uno de esos que prefiere pagar y no hacer, pago con gusto. Y cuando le entrego el dinero a la empleada me quedo pensando si lo que le pagué corresponde realmente a lo que ella ha hecho, y termino mi reflexión convencido  que yo no haría ni la décima parte de lo que ella hace,  por el triple de lo que le estoy pagando.

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