¿Vivir para trabajar… o trabajar para vivir?

“No te mates trabajando para darles lo mejor a tus hijos. Cuando crezcan lo que recordarán con más cariño no serán los juguetes que tuvieron, sino el tiempo que pasaste con ellos”

La señora Melba Ventura Fuente nos escribe diciendo:

Trabajé durante 23 años en mi país como maestra de educación pública y fui pensionada por problemas de salud en mis cuerdas vocales, tengo 59 años de edad y todavía estoy trabajando, pero siento fuertes dolores en mis piernas, quisiera pensionarme y seguir trabajando tiempo parcial. Qué me aconsejan? Gracias, espero su respuesta.

Como puede advertirse, doña Melba no busca una respuesta jurídica, sino un consejo, una orientación, un acompañamiento para la decisión que necesita tomar. Es que a veces decisiones tan aparentemente sencillas como dejar el trabajo y optar por la pensión a algunas personas les produce angustia e incertidumbre. Con los años las personas nos vamos volviendo temerosas, y si bien la vejez trae consigo la experiencia, ésta nos enseña lo fácil y doloroso que es equivocarnos, y por eso algunas veces vacilamos ante situaciones que los jóvenes creen ver con extrema claridad. En ocasiones creemos que el tiempo de las tonterías se fue con la juventud, y que ya no podemos permitirnos equivocaciones, pero cada día la vida se encarga de recordarnos que el tiempo, por largo que sea,  no nos despoja de nuestra condición humana.

Pero descendiendo al caso concreto de doña Melba, el consejo que se nos ocurre es que se retire, en forma total y para siempre... Ya es suficiente. Si actualmente tiene una pensión y pronto recibirá otra, no vemos la razón para que continúe trabajando, máxime que sus quebrantos de salud le dificultan aún más llevar la vida que lleva. No tiene sentido ir más allá del lindero que nos han puesto la ley y la vida para el ingreso a ese mundo distinto y último que precede al final de nuestra existencia, que puede ser amplio o breve, según el libreto que nos trazó el destino.

Infortunadamente la crianza y la educación que nos dieron, siempre tuvo como inspiración y propósito: ¡prepararnos para el trabajo!. Nacimos para trabajar, estudiamos para trabajar, vivimos una vida de trabajo, y sólo dejamos de trabajar cuando ya las fuerzas nos lo impiden. Así, el trabajo se nos convierte en una obsesión, en una razón de vida, en algo sin lo cual no concebimos la vida. De ahí que al que no trabaja se le desprecia y califica de vago, haragán, mantenido, etc., y eso hasta cierto punto se lo tiene merecido, porque ese envidiable reino de la molicie no se hizo para los pobres. Pero el trabajo debe ir hasta donde corresponde, hasta donde deja de ser estrictamente necesario, trabajar más allá del umbral de la vejez  para cubrir las necesidades de otros que pueden trabajar pero prefieren esperar contemplativamente que les llegue la gran oportunidad de su vida, no es más que una perfecta idiotez.

La vida no es únicamente trabajo, la vida tiene otras dimensiones igualmente importantes, otras expresiones: el descanso, el arte, la cultura, la recreación, compartir con la familia, ver crecer a nuestros hijos, gozarnos a los nietos, leer buenos libros, ver futbol, escuchar buena música,  montar en bicicleta, escalar montañas, viajar, pescar, ir a cine, visitar a los amigos, dormir hasta tarde, dar besos, recibir abrazos, en fin, vivir. Si el momento de trabajar ya pasó, no hay porqué continuar repitiéndose cada día, no hay porqué terminar y volver a recomenzar.

Además, hay que saber retirarse a tiempo, y no esperar a que nos señalen la puerta de salida, hay que ceder el paso, cerrar el círculo, desprenderse, soltarse, romper recuerdos, y partir con la maleta ligera a comenzar una vida nueva…la vida no puede terminar sin habernos desprendido antes  del trabajo.

¡Dejar el trabajo para ir a la tumba es el peor epílogo de la existencia!

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