Actuar a favor de la empresa y no del empresario

Actuar a favor de la empresa y del empresario no es lo mismo, algo que algunos directivos suelen olvidar.

Lo que es bueno para la empresa, necesariamente es bueno para el empresario, y lo que es bueno para el empresario, no siempre es bueno para la empresa.

Estamos hablando por supuesto, de aquellas empresas en la que los socios capitalistas no dirigen directamente la empresa sino que delegan sus cargos a terceras personas quienes son las que toman las decisiones, caso por ejemplo de las sociedades anónimas.

Un ejemplo sencillo es la distribución de dividendos. Lo mejor para la empresa es no distribuir dividendos, o distribuir lo menos posible, debido a que la distribución de dividendos afecta la liquidez de la empresa, pudiendo entorpecer programas de mantenimiento o ensanchamiento que en el largo plazo pueden comprometer la estabilidad de la empresa. Eso desde el punto de vista de la empresa. Para el empresario, socio o inversionista,  por lo general lo mejor es recibir más dividendos, y eso ha llevado a que algunos administradores incluso lleguen a falsear los estados financieros de la empresa de manera tal que puedan satisfacer los deseos de los socios, algo que sucedió incluso en las grandes empresas que cotizan en Wall Street, empresas que luego resultaron en la quiebra.

Pero hay muchos más ejemplos que claramente nos dicen que los intereses de la empresa  de empresario no siempre son armónicos, y casi todos están dirigidos a satisfacer las necesidades ilimitadas del socio capitalista de recibir más rendimientos por sus inversiones [dividendos].

Es por ello que los administradores y directivos, en su esfuerzo por girar más dinero a los socios que los contrataron, toman decisiones que en un principio ayudan a cumplir su objetivo pero que en el largo plazo pueden ser contraproducentes.

Entre esos ejemplos se puede tener el despido de trabajadores, la disminución de salarios, la cancelación de programas de investigación e innovación, de publicidad, de expansión, etc., que si bien contribuyen a disminuir costos e incrementar la rentabilidad que reciben los socios, pueden afectar gravemente la competitividad de la empresa que en un futuro puede facilitar la acción de la competencia.

La empresa no se puede debilitar o desangrar con el objetivo de satisfacer el apetito insaciable de los inversionistas. Esto es tan cierto que hasta el estado ha tomado algunas medidas legales para evitar que ello pase, pero aún así sucede muy a menudo.

En algunos casos la empresa debe hacer sacrificios, pero el objetivo no debería ser la satisfacción de los inversionistas sino la salud de la propia empresa, puesto que hay sacrificios que inexorablemente tienen consecuencias negativas, y si ha de ser así, debería ser por una muy buena razón, la cual sería la de salvar la empresa, no el apetito especulador de algunos inversionistas.

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