Cuál es mejor, el contrato de trabajo celebrado a término fijo, o el convenido a término indefinido

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Generalmente la respuesta a esa pregunta empieza con otra pregunta: ¿Mejor para quién?

Frente a esa pregunta los trabajadores no tienen mayores problemas a la hora de responder, pues en ellos existe la creencia de que el contrato a término indefinido les es más favorable.

Ahora bien, si los trabajadores consideran que les conviene más el contrato a término indefinido, fácil resulta entender entonces que muchos empleadores consideren que a ellos les conviene más el contrato a término fijo. Todo eso desde la “lógica” aquella de que lo que le favorece al trabajador perjudica al empleador y viceversa.

Sin embargo las cosas no son así. Ninguno es mejor que otro, aquél  y éste será “bueno o malo” según  se aplique o no a la situación que le corresponde. Ninguno de ellos busca per se favorecer o privilegiar a una determinada parte de la relación jurídica. Cada uno de ellos tiene su propio universo. El contrato a término indefinido fue concebido para regular el trabajo vinculado a actividades de carácter permanente, y el contrato a término fijo a  actividades de carácter temporal.  Son pues  dos instituciones creadas para necesidades distintas.

Siendo ello así, a la hora de elegir la modalidad del contrato lo que importa es seleccionar la que se acomode más a las necesidades del trabajo propiamente dicho, y no cuál de ella le favorece más a la parte que tiene el privilegio de escoger.

Cuando se hace un cotejo entre el contrato a término indefinido y el celebrado a término fijo, es común que el quid del asunto se advierta en la estabilidad. Se dice que el contrato a término indefinido ofrece mayor estabilidad pues la permanencia del trabajador en la empresa depende de su propio desempeño, o sea de algo que él puede manejar y regular,  y no de factores externos, ajenos a él como el simple transcurso del tiempo.  Al contrato a término fijo se le acusa precisamente de lo contrario, de la ausencia de estabilidad. Se afirma que en éste el trabajador vive sometido a una permanente zozobra ligada a la incertidumbre de si se le renovará o no el contrato. Y que aquí ambas partes pierden, el trabajador, porque no logra “casarse” con la empresa, pues siempre se sentirá “de viaje”. Y la empresa, porque no consigue que el trabajador se identifique con ella, que  haga suyos sus propósitos, lo cual influye obviamente en el rendimiento del trabajador y en el resultado final de la actividad de la Compañía.  Es evidente que esas situaciones de conflicto sólo  pueden darse cuando se trata de trabajadores vinculados por contrato a término fijo para la realización de actividades permanentes, pero muy remotamente respecto de trabajadores vinculados para labores temporales, pues el laborante sabe de antemano que su permanencia en la empresa es transitoria  porque la actividad que desempeña participa de esa misma naturaleza.

Si a la hora de celebrar el contrato de trabajo  se siguiera la lógica que animó al legislador al momento de  poner a disposición de las partes  esas dos  modalidades del contrato, muy seguramente no se presentarían situaciones tan injustas y aberrantes como aquellas que ofrece la casuística judicial, de que el trabajador después de muchos años de labores continuas en una empresa, es desvinculado de ella con una simple carta en la que se le informa que las directivas de la misma han decidido no prorrogar más su contrato de trabajo celebrado a término fijo. O sea, que el trabajador fue vinculado para realizar una actividad permanente a través de  un contrato a término fijo que  se prorrogó año tras año hasta cuando la empresa, prevalida  de la facultad que le da la ley para prorrogar o no el contrato, decidió que ya no iba más., y lo peor de todo, sin derecho al pago de una indemnización. Triste epílogo para alguien que aplicó los mejores años de su vida a servir a una empresa que de repente y sin justa causa decide decirle adiós….

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