Declaración de simulación no afecta a terceros de buena fe

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Cuando se declara la simulación de un contrato, dicha declaración no puede afectar a terceros de buena fe según lo establece la jurisprudencia de la corte suprema de justicia colombiana.

Supongamos un caso de ocurrencia frecuente: el esposo se pelea con la esposa y esta solicita el divorcio. El esposo por vengarse de la esposa pasa las propiedades que están su nombre a nombre de otra persona, con la idea de dejar a su esposa sin nada.

La esposa cuenta con la acción de simulación para conseguir que un juez declare la simulación absoluta del negocio mediante el cual el esposo transfirió las propiedades a terceros, para que esas propiedades regresen al patrimonio del esposo y por consiguiente se incorporen a la partición de bienes.

Hasta allí todo perfecto para la esposa. El problema surge cuando la propiedad que el esposo puso a disposición de su familiar o amigo, es vendida a un tercero.

Sucede que como la jurisprudencia ha considerado que la acción de simulación no puede afectar al futuro adquiriente si este es un tercero de buena fe, la acción de simulación se convierte en letra muerta.

Así lo ha dicho la sala civil de la corte suprema de justicia en diferentes sentencias, entre ellas la

«En ese orden, aunque tratándose de inmuebles, la declaración de simulación produce la necesaria consecuencia de cancelar los registros respectivos, pues solo así se logra devolver el dominio al verdadero propietario, en este caso, resulta improcedente la restitución jurídica y material del bien enajenado, porque la declaración sobre el fingimiento del negocio no produce efectos frente a la adquirente de buena fe».

Y en sentencia de dijo del 5 de agosto de 2013 con radicación 2004-00103-01 dijo:

«De todo ello se sigue que en virtud del negocio simulado pueden llegar a constituirse legítimos intereses en el mantenimiento de la situación aparente por parte de los terceros de buena fe. “…los terceros que no se pueden ver perjudicados por la nulidad del negocio simulado –refiere la doctrina contemporánea– son los terceros de buena fe, los que obran en base a la confianza que suscita un derecho aparente; los que no pudieron advertir un error no reconocible; los que ‘obrando con cuidado y previsión’ se atuvieron a lo que ‘entendieron o pudieron entender’, vale decir, a los términos que se desprenden de la declaración y no a los que permanecen guardados en la conciencia de los celebrantes”.

La apreciación de la buena o la mala fe del tercero dependerá, respectivamente, de si ignoraba o conocía la voluntad real de las partes para cuando adquirió el derecho que resulta incompatible con la simulación.

Así, los terceros protegidos son los que creyeron en la plena eficacia vinculante del negocio porque no sabían que era simulado, es decir los que ignoraban los términos del acuerdo simulatorio, o dicho de otra forma, los que contrataron de buena fe, a quienes el contenido de ese convenio les es inoponible.»

Lo anterior deja un margen de maniobra a quien pretende defraudar a su cónyuge o acreedor, pues una vez simulado el contrato, el adquirente simulado puede enajenar el inmueble a otro tercero, el cual alegará ser de buena fe.

Así, el esposo traspasa la propiedad de su casa a su papá, y este a la vez vende la casa a un desconocido,  y seguidamente entrega el dinero de la venta a su hijo. Una simulación compleja pero perfecta, pues el tercero en efecto puede probar que nada sabía de los negocios de quien le vendió la casa (el padre del esposo), y el fraude ha quedado consumado con la bendición de la ley y de la jurisprudencia.

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