La educación ambiental y sus desafíos en la sociedad del siglo XXI

Por: José Manuel Vecino P.*

En el presente artículo se pretenden expresar, de modo breve, algunas reflexiones sobre la importancia que tiene la educación ambiental en el ámbito social; se trata de mostrar de manera práctica el desafío que significa para una sociedad globalizada como la nuestra, el diseño y puesta en marcha de modelos de educación ambiental que realmente muestren su efectividad y capacidad para convertirse en agentes generadores de prácticas sociales que integren lo ambiental como un elemento transversal a todo el proceso de integración conceptual del ser humano, sin desconocer los contextos históricos y geográficos en los cuales se enmarca la acción educativa. Se recoge, entre otros autores, a E. Morin como pensador capaz de invitar a subvertir las maneras clásicas de abordar el tema de lo complejo como necesidad del pensamiento y por tanto abrir la posibilidad de un pensamiento creador y diferenciador que entiende que la comprensión de la realidad no puede quedar enmarcada en categorías simples que, quizá, fueron propuestas como alternativas para la intuición de una realidad que se predica como compleja. De suerte entonces, que  lo complejo es la alternativa de lo simple (Morin, 1994) y al mismo tiempo es una advertencia y un llamado a la humildad, que a mi juicio, refiere nuevamente a los primeros filósofos griegos que reconocen la vida como una dinámica irrepetible y en la cual no se hace fácil retornar a experiencias ya vividas (Heráclito).

El conocimiento, pasa entonces por la experiencia que se vive en la cotidianidad y que se reporta como insumo del conocimiento, permitiendo establecer modelos conceptuales que orientan las expresiones necesarias en procesos de formación ambiental que atienden la evidencia de una racionalidad que surge desde distintos puntos y no solo desde lo unidireccional o unidimensional como  lo plantea H. Marcuse, para quien lo educativo es la expresión del principio de realidad capaz de transformar los modelos existentes en nuevas experiencias que hagan presente la utopía que se daba por finalizada. Por otra parte, es necesario considerar la posibilidad de promover una nueva racionalidad que tenga la capacidad de generar nuevas alternativas en el saber y en el hacer (Caride 2008) para que lo ambiental sea enriquecido desde dentro del pensamiento mismo y no que se considere como un elemento cuyo valor reside en su exterioridad y en su  utilidad, tal como lo evidenciamos hoy en día.

La educación ambiental, por su parte, NO debe entenderse como un término compuesto sino que en sí mismo tiene significado propio, esto quiere decir que efectivamente no se trata de un apellido o de un agente externo a lo que es la educación en sí misma. En este sentido, quiero reflexionar brevemente sobre la importancia que a la educación, como tal, le dieron los primeros filósofos reconocidos como Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes son reiterativos en mostrar la educación como un proceso integral que busca el conocimiento como objeto supremo del pensamiento, es decir que existe en cada persona un modelo interno que nos permite no sólo desarrollar una episteme capaz de identificar las categorías ontológicas del ser, sino que paralelamente, la realidad es reconocida mediante una hermenéutica que nos ubica fácilmente en modelo positivo de acción frente a la realidad.

La educación ambiental aparece entonces como un desafío para las estructuras formales de las sociedades y especialmente de los estados que integran lo ambiental como un elemento transversal en la formación de generaciones capaces de sensibilizarse frente a la posibilidad y responsabilidad que se tiene con el ambiente. Lamentablemente, para muchos autores y especialmente para muchos lectores de estos autores, la educación ambiental siguen siendo dos términos que sumados significan algo y que sin duda nada tiene que ver con el propósito de quienes investigan de modo proactivo los nuevos alcances para el término.

El diseño de estrategias educativas, que sin duda han adquirido fuerza y relevancia en los últimos tiempos e incluso popularidad después de las conferencias y convenciones que reúnen a quienes consideran que vale la pena invertir en la educación ambiental, han permitido que estos desiderátum dejen de ser sueños y comiencen poco a poco a convertirse en evidencias palpables de que la educación ambiental tiene algún sentido en un mundo que a diario parece evidenciar lo contrario. En este sentido, me parece importante recordar las palabras del principio 19 de la declaración de Estocolmo que desde esa época anunciaba que “es indispensable una labor de educación en cuestiones ambientales, dirigida tanto a las generaciones jóvenes como a los adultos y que presente la debida atención al sector de población menos privilegiado…” (Estocolmo, 1972) de tal manera que la educación ambiental es un proyecto capaz de trascender en el tiempo.

La estrategia debe ser incluyente y permitir que la transformación social surja de un convencimiento pleno de la capacidad de crear modelos y herramientas efectivas y prácticas para hacer realidad la posibilidad de la investigación ambiental como promotor del encuentro entre la experiencia y el concepto, de la intención y la acción.

De especial relevancia son los enfoques pedagógicos que pasan desde el positivista, el interpretativo, socio crítico e interactivo/ ecosistémico a partir del cual considero importante mencionar que el investigador ambiental se convierte también en un educador en tanto que es observador de la realidad. La educación ambiental se afirma en estos enfoques y en cada uno de ellos ha desarrollado teorías y modelos que han sido adaptado y adoptados por diferentes escuelas de pensamiento y por tanto han generado un buen insumo para el debate en el sentido de que, en ocasiones, se fortalecen posiciones dogmáticas que impiden reconocer lo positivo de otras maneras de ver y aproximarse a la realidad. Estos enfoques, sin embargo, han sido generados en un modelo de pensamiento instrumentalista y no necesariamente diverso, es decir que cada uno de ellos, si bien representan una aproximación diferente a la realidad educativa y ambiental, tienen un origen común desde la racionalidad, es decir, que el modernismo sigue siendo la fuente de su origen epistemológico, lo cual los convierte en interlocutores que no representan partes opuestas del discurso sino diferentes rostros de un mismo modelo ideológico.

Esto me lleva, a poner a su consideración, lo que visualizo como los grandes desafíos de la educación ambiental para el siglo XXI y que se fundamentan, entre otras cosas, en lo que sugiere la política nacional ambiental, donde el alcance es “una  cultura  ambiental solidaria, equitativa y no violenta, que entiende y respeta las diferencias regionales y étnicas...” (Política de educación ambiental). En este sentido propongo los cuatro grandes desafíos que se pueden formular así:

  1. La educación ambiental como un propósito que trascienda el ámbito escolar. Desde hace ya algunos años se tiene claro que el espacio escolar es solamente uno de los territorios en los cuales se puede sensibilizar, formar y desarrollar conocimientos, habilidades y actitudes orientadas a reconocer la naturaleza como un integrante más de lo que se ha dado en llamar la totalidad. Existen otros espacios que poco a poco han sido colonizados por la educación ambiental, como por ejemplo lo ciudadano como comportamiento social que expresa la cultura específica de una comunidad, también podemos mencionar las empresas que comienzan a recoger las banderas de lo ecológico como argumento necesario y requerido para aproximarse a una gestión más amigable con el ambiente; en este sentido los esfuerzos se orientan a ir más allá de la norma o de la exigencia legal y se promueven en las organizaciones actividades que pretenden reforzar lo aprendido en otros escenarios. Sin embargo, la evidencia dice no existen proyectos integrados e integrales que relacionen, en términos de contenido o metodología, lo que se enseña en la escuela con lo que se enseña en otros escenarios sociales, por tanto sigue siendo un reto que poco a poco comienza a ganar adeptos y de esta manera hacer de la educación ambiental un tema de manejo público y no solamente un esfuerzo aislado o particular que, en muchas ocasiones, no responde a las reales necesidades de los contextos sociales en los cuales se desarrolla.

 

  1. Lo ambiental como un punto relevante en la agenda de la educación. La educación ambiental termina siendo, en muchos casos, una expresión docente puntual dictada por una persona llena de buenas intenciones pero sin mayor relevancia ni impacto en la institución, de tal manera que sus esfuerzos terminan siendo adjetivos y poco valorados. La educación, como llave del futuro (Barker), debe integrar en su esencia conceptual y epistemológica lo ambiental como un elemento necesario y requerido en el proceso de adaptación, formación, desarrollo y transformación. Se requiere entonces la llamada transdisciplinariedad que permite “abordar problemas desde perspectivas múltiples” (McDonell,1998) y en ese sentido el desafío consiste en reconocer que los modelos educativos, independientemente del origen ideológico al que se le quiera matricular, contiene un llamado a extraer aquellos sistemas de pensamiento que permitan comprender que se requiere la educación ambiental no como pretexto sino como contexto, de tal manera que pueda ser incluido más allá de la moda.
  1. El educador ambiental como gestor de nuevas realidades. Este desafío se inspira en todo lo que significó para el continente y para la corriente libertaria que lo atravesó en los años 60s y 70s los esfuerzos pedagógicos de Paulo Freire y que se concretó en lo que se llamó “pedagogía de la liberación”  y cuyas banderas de concretan en su texto “pedagogía del oprimido”(Freire 1970) que expresan un movimiento que, ante todo, se subleva del statu quo y que pretende ofrecer alternativas, no sólo a quienes han sido olvidados por el sistema, sino también a todos aquellos que se reconocen ajenos a la realidad que se les impone vivir, a todos los que identifican la alienación como un elemento disociador de la realidad requerida en la historia que se vive; la liberación del pensamiento ocurre de modo simultáneo con otras expresiones de rompimiento que fue llamado posmodernismo, corriente que dice mucho para muchos o nada para quienes lo ven como un simple ajuste a la realidad de los pueblos. El educador ambiental adquiere, entonces, una dimensión que se reconoce mediante los resultados obtenidos, de esta manera podemos ver que aparece un maremágnum de tendencias que se pelean el título de cuál de ellas es la más dogmática y se han trenzado en una batalla interna que ha tenido como consecuencia el que se comience a perder la credibilidad en ciertas maneras de abordar la defensa de lo ambiental desde lo educativo. El educador ambiental tiene una responsabilidad que debe redescubrir cada día por medio de sus propias acciones y que lo lleven a ser  un paladín de nuevas gestas que sean reconocidas en los ámbitos académicos pero también en donde se libra la batalla por la permanencia de la especie sobre la tierra.

 

  1. La educación ambiental como estrategia de transformación social. En línea con lo anterior, considero que uno de los grandes retos tiene que ver precisamente con la capacidad de la educación ambiental en los procesos de transformación que permitan conducir a métodos donde los cambios sociales permitan llevar a sociedades más justas y por tanto capaces de reconocerse como parte necesaria de un ecosistema que les garantiza su permanencia en el territorio. Pienso que es de la mayor relevancia el integrar en los procesos de formación el modelo taxonómico de Benjamin Bloom, el cuál identifica la complejidad del aprendizaje desde la perspectiva de la comprensión del conocimiento, en este sentido el educador tiene ante sí la inmensa tarea de reconocer en qué nivel se encuentra su auditorio y de esta manera diseñar una estrategia que le permita asegurar la comprensión de los contenidos en quienes le escuchan. De hecho, una de las evidencias del fracaso de los procesos de transformación social tienen que ver con los inadecuados diseños educativos que no superan la barrera de la información.

Para finalizar, es importante señalar que la educación ambiental tiene ante sí grandes retos, pero también grandes apoyos; si bien es cierto que después de casi 40 años los resultados no parecen ser los esperados, no es el momento de perder el ánimo ni el entusiasmo sino que por el contrario es una oportunidad para descubrir nuevas estrategias que permitan poner en marcha alternativas capaces de convocar a otros sectores del conocimiento para generar un futuro no sólo posible sino realizable; la educación ambiental tiene también ante sí un largo camino que recorrer y los obstáculos podrán ser superados si entrega evidencias contundentes y sólidas de que su tarea ha sido hecha de modo responsable y que cada vez integra nuevas instancias. La credibilidad, es una de estas fuerzas y en la medida en que su modelo investigativo y su praxis sea creíble generará la suficiente confianza para que cumpla un papel protagónico tal como lo recomienda Salónica al recomendar, “Que se suministre apoyo a la investigación relativa a los métodos de enseñanza interdisciplinar y la evaluación del impacto de programas educativos pertinentes” (Salónica, 1997).

*Gerente de Job Management Visión, Docente y consultor empresarial.

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