La embriaguez habitual de uno de los conyugues como causal de divorcio/cesación de efectos civiles de matrimonio eclesiástico

Cuarta causal establecida en el Artículo 6º de la Ley 25 de 1992, y aunque pareciera baladí, es del caso entrar a definir la expresión “embriaguez habitual” utilizada por el legislador para comprender realmente la trascendencia de su estipulación.

Nuestra primera referencia de “embriaguez”, la emparejamos coloquialmente a “borracho”, “enlagunado”, “perdido”, “rascado”, pero ya de manera erudita, la Real Academia Española de la Lengua la circunscribe de tres formas así:

“Turbación pasajera de las potencias, exceso con que se ha bebido vino o licor”

“Estado producido por una intoxicación de gas, benzol, etc”

“Enajenamiento del ánimo”

Siendo la primera y la tercera, el eje de la doctrina y jurisprudencia latina al tratar el tema que nos ocupa, por lo que seguidamente desglosaremos tanta erudites-si se nos permite el término- para desentrañar las referencias comunes a “turbación”, “las potencias” y “enajenamiento del ánimo” que ahora nos abruman.

Son sinónimos de turbación aplicables a la definición de embriaguez: desorientación, confusión, desorden, desconcierto, azoramiento, atolondramiento, y en cuanto a enajenamiento como acción de enajenarse, aquí si partiendo de la precisión técnica en materia penal para enajenación, tenemos que es el “…Estado mental de quien no es responsable de sus actos…”, para descender en el campo que no ocupa, en cuanto que, el “enajenamiento del ánimo”  no sería cosa diferente que la “privación del juicio”.

En cuanto a “las potencias”,  es de abstraerse que la referencia es en sentido filosófico y teológico, partiendo de la concepción de Aristóteles como “…la propiedad que tienen los seres de recibir los accidentes que causan la transformación de la sustancia…”  recogidas en el Siglo XVI por San Juan de La Cruz, como las “potencias del alma”: memoria, entendimiento y voluntad que permiten al hombre las facultades de recordar, conocer y querer.

Continuando con el desglose de la causal de divorcio aquí tratada, miremos por un instante el vocablo “habitual”, y aunque sea entendido obviamente como usual, frecuente, o acostumbrado, también es sinónimo de familiar y tradicional.

Bajo este orden, tendríamos que la “embriaguez habitual”, susceptible de considerarse causal de divorcio sería <aquel consumo de bebidas alcohólicas  que usual, frecuente o acostumbrada que privando del juicio, desoriente, confunda, desordene, desconcierte, azore, y/o atolondre la memoria, el entendimiento y la voluntad, haciendo imposible la convivencia>.

Esta visión previa para traer en referencia a manera  de reflexión, la dificultad en probar aisladamente esta causal de divorcio, ya que no existe un patrón para tabular la embriaguez de una parte, y la habitualidad de otra, sino que, estos elementos, responden individualmente a cada persona en particular, por lo que, la experiencia profesional indica que esta causal de no estar atada a cualquiera, o todas las previas ya vistas (relaciones sexuales extramatrimoniales, el grave e injustificado incumplimiento por parte de alguno de los cónyuges de los deberes que la ley les impone como tales y como padres, y/o los ultrajes, el trato cruel y los maltratamientos de obra), en la práctica, no está llamada a prosperar, máxime si su establecimiento depende de dictámenes medico legales con standares no muy claros en los cuales la línea entre la embriaguez habitual, crónica, consuetudinaria, patológica, y el alcoholismo como enfermedad es demasiado delgado.

Para finalizar, hay que tener muy e presente que la “embriaguez habitual” delimitada como causal de divorcio, no es asimilable a la condición de alcohólico precisada por la Organización Mundial de la Salud, toda vez que:

 “…el alcoholismo es un trastorno crónico de la conducta que se manifiesta por repetidas ingestas de alcohol, excesivas respecto a las normas legales y sociales de la comunidad y por abarcar interfiriendo en la salud o en las funciones económicas y sociales del bebedor”.

Ya que de pretender usarse como sinónimos, no existiría causal de divorcio, en el entendido que el alcoholismo es una enfermedad y en ese margen, se encontraría atada al  deber de cuidado como obligación del matrimonio.

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