Lo perdieron todo, protestaron y hasta los hijos le quitaron

En el día de ayer se presentó una situación con unos desplazados en la ciudad de Bogotá que refleja la injusticia, la inacción del estado,   y hasta la persecución de éste contra este sector vulnerable de la sociedad, situación que merece el más enérgico rechazo.

Los desplazados por la violencia son víctimas de un conflicto que el estado no ha sido capaz de terminar, y que en muchas ocasiones por acción u omisión el mismo estado lo ha alimentado, y es responsabilidad del estado ofrecer soluciones a esas personas que han perdido todo para que lleven una vida digna, pero esas soluciones no han llegado, y por la actitud histórica del estado, esas soluciones parece que no llegarán.

Durante largos años los desplazados han luchado para que el estado al menos los reconozca y les ofrezca un mínimo de oportunidades, pero han sido ignorados sistemáticamente y peor aún, han sido estigmatizados y hasta criminalizados.

Los desplazados han sido engañados una y otra vez. El estado les promete y como ha sucedido siempre, no cumple. Por más que la población se pronuncie, marche, proteste y hasta recurra a las vías de hecho, el estado permanece indolente y se niega a ofrecer soluciones definitivas.

Ante este frustrante panorama un grupo de desplazados se tomó dos edificios en Bogotá que se encontraban abandonados, toma que buscaba llamar la atención del gobierno y la sociedad, y que además la miraban como una solución a sus problemas de vivienda, por cuanto el desplazado lo ha perdido todo, y por supuesto que no tienen vivienda, ni trabajo, ni educación, ni salud, ni qué comer. No tienen nada.

La respuesta del estado, como ha sido costumbre de quien ostenta el poder, fue utilizar las fuerzas de seguridad para arremeter contra la población inconforme que eleva la voz de protesta y visibiliza las desvergüenzas del estado. La represión es el camino que siempre recorre el estado para acabar con la protesta social en lugar de solucionar los problemas de fondo que causan el malestar social, que en el caso de los desplazados es evidente.

Y es precisamente lo que hicieron con los desplazados en el día de ayer en Bogotá, pero en esta oportunidad el estado fue más lejos y les quitaron a sus hijos. La policía llegó con bienestar familiar y le quitaron a los desplazados lo último que tenían: SUS HIJOS. A estas personas les han quitado todo, hasta lo más preciado que son los hijos. Muchos hubieran querido perder la vida antes que sus hijos fueran arrancados de su pobre familia, pobre  pero que es la suya.

La razón esgrimida para arrebatarle los hijos es que los habían expuesto a peligros al llevarlos a una protesta, razón que es cuestionable y que tiene mucho menos peso que todos los atropellos e injusticias que han sufrido los desplazados por la violencia.

Las familias desplazadas que no tienen donde vivir, se llevaron toda su familia para una edificación que estaba vacía y que pretendían convertir en su hogar. Es natural que llevara allí a sus hijos menores de edad.

Alguien argumentó que debieron haber dejado los hijos en casa y no llevarlos a la protesta, pero otra persona respondió que los desplazados no tienen casa donde dejar sus hijos. La persona replicó entonces debieron dejar sus hijos con un familiar y no llevarlos a una protesta, y la respuesta fue contundente: los desplazados tampoco tienen una familia que les cuide a sus hijos porque les mataron a su familia.

¿No era más que justificado que los desplazados llevaran a sus hijos menores a un edificio que estaba abandonado para procurarles un techo donde resguardarse de las frías noches de la capital? Pero la respuesta del estado fue quitarles los hijos, y perder los hijos es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Es un dolor y una angustia  peor que ser secuestrado o incluso asesinado. Los hijos son sagrados, y el ser humano y cualquier otro ser viviente,  incluso entrega su vida por sus hijos, y el estado ha optado por arrancar inocentes niños de sus padres como castigo por protestar.

Seguramente el estado se ha percatado que un ser humano al que le han arrebatado todo,  protesta sin temor a que la policía le caiga a palos, o con gases o incluso con balas, y hasta los lleven a la cárcel, y como eso no ha servido para disuadir  a la sociedad para que no proteste, ahora les quitarán los hijos, y seguramente eso sí disuada a un ser humano de protestar, porque lo más valioso para un  padre o una madre son los hijos y seguramente por no perder un hijo un ciudadano sea capaz de soportar  el yugo de la bota del opresor sin protestar. Qué crueldad a la que hemos llegado.

El estado tenía el deber y la obligación de proteger los derechos de esas personas para que no fueran desplazadas ni les quitaran sus propiedades y trabajos, pero no lo hizo, y en lugar de repararlos por su inacción,  ahora los persigue y reprime de la peor forma posible: quitándolo los hijos y eso no debe volver a suceder.

Probablemente Gerencie.com no sea el medio adecuado para expresar este tipo de opiniones, pero es que estamos ante una arbitrariedad que no se puede ni se debe pasar por alto, pues luego será la constante. Hoy le quitan los hijos a los desplazados, mañana será a cualquier otra persona. Y luego que no nos vaya a salir con que nuestros hijos no son nuestros sino de la patria y que nos lo pueden quitar cuando les dé la gana.

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