Me despidieron de la empresa porque estoy enferma y me alistaba para una cirugía. ¿Qué puedo hacer?

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Una señora nos ha planteado la siguiente inquietud: 

“Trabajé en una empresa durante varios años con contrato a término indefinido. Desde hace un tiempo sufro de hipertiroidismo, enfermedad  que venía siendo controlada. Hace un año recaí y mi salud se ha visto muy afectada, al punto que he tenido incapacidades de manera regular. En diciembre estuve hospitalizada por 6 días y desde ese momento empecé a tener inconvenientes,  ya que al reintegrarme a mis labores encontraba reclamos y mala cara por lo sucedido. Hace pocos días logré que me autorizaran una cita con cirujano de cuello y cabeza para operarme la tiroides y así hacer más manejable mi enfermedad; allí contaba con un servicio de medicina prepagada. El mismo día que comenté que había sido remitida al cirujano, me entregaron la carta de despido aduciendo iliquidez financiera de la empresa y recorte de personal. Quisiera saber si en mi caso puedo demandar, ya que salgo de la empresa muy enferma, me encuentro mal psicológicamente y mi situación económica se está viendo muy afectada debido a la pérdida del empleo. Aunque me anunciaron que sería  indemnizada por el despido sin justa causa, eso no compensa los perjuicios que me ocasiona perder el trabajo.”

A comienzos del siglo pasado el escritor italiano Giovanni Papini le entregó a la historia la siguiente frase: “El dinero es el estiércol del diablo”.

El año pasado el Papa Francisco tomó esa frase para mostrarle a la comunidad católica del mundo, cómo el dinero convierte al hombre en idólatra y lo corrompe. Como idólatra, le rinde culto al dinero. Y como ser corrupto o corrompido, es capaz de realizar las más viles acciones.

La ambición por el dinero le apaga la voz a la conciencia y por eso el ambicioso no la escucha, éste puede realizar las acciones  más viles sin inmutarse, sin perturbase;  lo tiene claro: el fin es el dinero y eso no le permite distraerse en cuestiones para él accesorias como los sentimientos, la ética, la solidaridad, el compromiso social, etc.

El caso que plantea la señora es un ejemplo de ello. Lanzar a la calle al trabajador en el preciso momento en que éste más requiere del empleo no tiene ninguna justificación, pero sí admite una explicación: la obsesión por el dinero.

Y es que cuesta trabajo entender cómo un empleador puede tranquilamente empujar al abismo del desempleo y la desprotección a un trabajador enfermo, pobre y con hijos, sin que medie justa causa,  y sin que eso le quite el sueño. Está visto, que a algunos empleadores el trabajador sólo les interesa mientras esté en condiciones de producir, de rendir;  enfermo o discapacitado es un producto desechable, del cual es preciso deshacerse lo más pronto posible. Así como en la época de la esclavitud los amos arrojaban a los esclavos enfermos a las fauces de los tiburones, pues curarlos, alimentarlos y vestirlos les representaba una carga que no estaban dispuestos a llevar, en los tiempos actuales muchos  trabajadores enfermos no corren mejor suerte.

Y si bien es cierto el legislador ha diseñado leyes que le ponen talanqueras a esas expresiones del poder absoluto del dinero, esos mecanismos de disuasión no siempre funcionan. Unas veces porque el mismo dinero se utiliza para removerlas, y otras, porque el trabajador carece de los recursos económicos necesarios para cubrir los costos del largo y tortuoso proceso judicial que tendría que adelantar. Además, se dan casos  en que el trabajador debe enfrentar dos contrapartes: el empleador y el juez.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, el trabajador tiene el derecho  y el deber de utilizar los instrumentos que la ley ha puesto a su alcance para defenderse de esas agresiones. Así por ejemplo, el legislador le ha negado eficacia al despido cuando éste afecta al trabajador enfermo, a la mujer en embarazo o en maternidad, y  al discapacitado, en los casos en que el despido se produce sin haberse solicitado y obtenido previamente la autorización correspondiente de parte del inspector de trabajo. En esos casos la acción de tutela es quizás el recurso más expedito y eficaz para enfrentar y doblegar la arrogancia del empleador abusivo e inhumano, y lograr el reintegro del trabajador.

Consecuente con lo anterior, nuestra respuesta para la consultante es que haga uso inmediato de la acción de tutela. Si no se siente en condiciones de elaborar personalmente la demanda, puede acudir a la personería del municipio donde reside, allí le deben colaborar con su redacción. O si lo desea y tiene con qué, puede contratar los servicios de un abogado. En esos casos el valor de los honorarios no suele ser alto.

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