No se puede ser bueno en todo; hay que especializarnos

Aunque a muchos nos gustaría, hay que reconocer que no podemos ser buenos en todo y debido a esa imposibilidad lógica surge la necesidad de especializarnos para lograr alguna ventaja competitiva respecto  a la competencia.

Como bien dice algún refrán, se suele ser aprendiz de todo y oficial de nada, o el que mucho abarca poco aprieta, reflexiones aplicables tanto al capo profesional de cada persona como al empresarial.

Algunas empresas quieren hacerlo todo. No quieren ceder el control de ningún aspecto o proceso, enfoque que puede llevarlas a disminuir su competitividad por cuanto esa política impide la especialización en lo que mejor se sabe hacer.

El hecho de que podamos hacer algo no siempre significa que debemos hacerlos. Debemos hacer algo sólo si somos muy buenos haciéndolo. Si apenas lo hacemos, el resultado, como será de esperarse, no será el mejor, y  habrá otra empresa que sí se ha especializado y ofrecerá un mejor producto o servicio a un mismo precio o incluso a menor precio. Es el beneficio de la especialización: mejores resultados con los mismos o menos recursos.

La especialización implica mejorar procesos, ser más eficiente y por lo tanto los costos relacionados a esos procesos optimizados son considerablemente menores.

De otra parte, la especialización contribuye a incrementar la marca por cuanto la empresa, gracias a su especialización ofrece un excelente producto/servicio en las diferentes áreas.

En las cosas que somos buenos pero no excelentes, es mejor contratarlas o subcontratarlas. Si no lo podemos hacer muy bien, busquemos a un tercero que lo haga muy bien. De esa forma se garantiza que cada uno de los elementos y engranajes de la empresa estén gestionados por los mejores expertos y profesionales, por el mejor equipo.

Cuando sólo una parte de los procesos es realizada por expertos, los procesos que no son realizados por expertos o especialistas pueden arruinar lo que en principio se hizo bien. Puede que hagamos un excelente producto pero resulta que quien lo presenta o vende no lo hace bien. El resultado será como si el producto ofrecido fuere de regular o mala calidad.

La reputación y la marca sólo llegan cuando detrás del producto o servicio existe el mejor equipo y ello significa que hay que delegar todo aquello que no podemos hacer de la mejor forma posible.

No se puede ser contador público, abogado, administrador y economista. Se podrá tener todos los títulos posibles, pero no la marca y reconocimiento como el mejor o de los mejores en uno de sus campos. Ni siquiera un abogado puede ser penalista y laborista al mismo tiempo, por lo menos no el menor penalista o laborista. El asunto es tan extremo que un contador público especialista en impuestos debería serlo sólo en una parte de los impuestos: Iva, Renta, procedimiento, etc.  A ese nivel se puede llegar cuando el mercado es en extremo competitivo, algo que por suerte aún no sucede con todo rigor en nuestro país pero va camino hacia allá por cuenta de la globalización.

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