Si no se endeuda no quiebra, pero posiblemente tampoco progresa

En el mundo del emprendimiento se suele afirmar que un emprendedor no quiebra sino se endeuda, afirmación que puede ser cierta pero también negativa para el emprendimiento.

Un emprendedor, es por lo general una persona que decide aventurarse en algún negocio o empresa, y para ello requiere de un capital, que bien puede ser propio o prestado.

Cuando el capital es prestado y el proyecto de emprendimiento fracasa, pues además de perder el negocio, perderá los bienes que garantizaban el dinero prestado, bienes que por lo general son los que conforman el patrimonio personal del emprendedor, como su apartamento, vehículo, etc.

Claro, en una situación así, cuando el emprendedor fracasa, literalmente quiebra, pues además de perder su negocio, pierde buena parte de su patrimonio.

Para evitar ese riesgo, algunos proponen no endeudarse para iniciar un proyecto de emprendimiento, sino que lo mejor es hacerlo con dinero previamente ahorrado, o consiguiendo socios que aporten dinero.

Si bien esta alternativa disminuye el riesgo de ir a la ruina económica, es también una decisión que puede retrasar o incluso obstaculizar por completo un proyecto de emprendimiento.

Si esperamos a tener suficiente dinero ahorrado para iniciar un proyecto, seguramente nunca alcancemos a juntar el suficiente dinero, o cuando lo hayamos logrado, la oportunidad de negocio ya se habrá esfumado.

Hay que partir del hecho de que el riesgo es inherente al emprendimiento; no puede haber emprendimiento sin un riesgo presente. Es por eso que primero hay que hacer un estudio de la idea de negocio, de las posibilidades y riesgos reales, de modo que cualquier riesgo que se corra, sea calculado.

Definitivamente no se puede improvisar un proyecto de emprendimiento, pero tampoco podemos estancarnos en un excesivo planeamiento y conservadurismo, puesto que las oportunidades no esperan tanto tiempo.

Una de las características que debe tener un emprendedor, es su capacidad para tomar decisiones rápidas, además de acertadas, de modo que si tememos constantemente al fracaso, no tendremos la capacidad de actuar en el momento oportuno, lo cual sí puede resultar más costoso.

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