Utilidad marginal decreciente

La utilidad marginal decreciente es un término muy utilizado en economía que supone un decrecimiento de la utilidad de un bien o servicio en la medida en que las necesidades son satisfechas.

Acceder a un bien adicional luego de satisfecha una necesidad, representa para el consumidor una utilidad inferior a la que representaba ese mismo artículo cuando la necesidad aún no estaba satisfecha.

Para exponerlo de otro modo, podemos pensar en un cocinero ocupado en sus labores. Sabido es el refrán de que "con mucho cocinero en la cocina, se estropea el cocido". Ante una demanda importante de comensales, sucederá en efecto que cada nuevo cocinero empleado en ayudar al primero incrementará el rendimiento global de trabajo en la cocina. Cada recién incorporado incrementará en una cuantía determinada  la producción total. A este incremento que incorpora cada nueva unidad se le denomina "utilidad marginal". Sucede que la utilidad marginal puede empezar siendo creciente, o bien estabilizarse, pero para tales casos "siempre" lo hará hasta un punto de inflexión en el que cada nuevo empleado contribuirá en menor medida que el anterior a incrementar el valor total de trabajo. Es decir, aportará utilidad de forma decreciente.

Entrecomillamos la palabra siempre para advertir sobre determinados valores para los cuales podría excluirse una utilidad marginal decreciente. En efecto, cuesta trabajo creer que ésta pueda funcionar para la fama, la vanidad, u otras formas de riqueza. En cualquier caso, parece evidente que un incremento de 1000 euros posee mayor utilidad marginal para un parado que para una amasada fortuna.

Resaltamos con ello que el concepto aquí expuesto, se define como una unidad de valor asignada por un agente económico, y muy lejana por tanto a la objetividad que descansa tras la teoría de Ricardo, -aceptada desde los enfoques de las tradiciones marxistas tanto como de las más ortodoxamente capitalistas-.

La utilidad marginal no se refiere tanto al valor de una cosa en sí, y mucho menos a su correlato en cantidad de horas trabajadas. Nos equivocaríamos si pensáramos en el valor como un "producto de", puesto que él mismo es productor.

Es el consenso de la subjetividad el que de manera última actúa en la asignación de valor para la última unidad, que es ella misma producida, al margen de la producción real y física que actúa en la fábrica. En este sentido, esta conceptualización introducida en su día por Friedrich Von Wieser, vive mucho más ajustada a una realidad cuyo cinismo da cuenta a duras penas el postulado clásico de Ricardo, a la vista del ejercicio cotidiano de especulación que preside el mercado de los valores.

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